La última escapada

¡Ahora!, le grité a Duniel antes de lanzarnos del coche (de caballos) que iba al trote. Afortunadamente aunque también llovía a cántaros no resbalamos ni caímos al suelo. Teníamos que apurarnos aunque estaba muy difícil que el joven oficial nos diera alcance. “¿Como está la cosa?”, era el texto del mensaje que enviaría a Yris cuando estuviéramos fuera de Placetas, es decir de la Ciudad y eso hice. Ya habíamos rompido el más difícil cerco, ahora a caminar y caminar, mientras más nos alejáramos de Placetas, más seguros estaríamos. Ibamos entre bromas contando cómo el hecho del nacimiento de mi sobrina Brenda me ayudó a poder salir de casa, algo que estaba planeando y a lo que no le veía la menor posibilidad.

El arresto de Sara Marta y luego la desaparición de Yris, los obligó a mantener un cerco alrededor de mi casa nunca antes visto, ya Yris había aparecido y seguía mi casa sitiada.

-Antúnez sabes que no puedes salir – me dijo el joven oficial, que apenas me vio acercarme a la esquina se interpuso en mi camino- Sabes que no puedes salir de tu casa.

-¿Cómo que yo no puedo ir a conocer a mi sobrina que acaba de nacer?

-¡Ah!, si es para eso yo voy contigo.

-¿Cómo que vas conmigo compadre?,  está hasta lloviendo, no hagas ese ridículo.

-Ese es mi trabajo, me dijo.

No quería forzarlo a una polémica fuerte y que fuera a buscar una patrulla, mi objetivo era otro y durante el trayecto analizaba cómo hacerlo.

En ese momento entró la llamada de mi hermana Bertha desde Miami.

-Luly, Luly ahora tengo aquí a un oficial de la Seguridad del Estado que dice que yo no puedo ir solo al materno y va aquí conmigo.

-Compadre, compadre, no me esté formando foco por teléfono, este es mi trabajo y tengo que hacerlo. Son órdenes.

-¿Quién es ese oficial, cómo te llamas?- preguntó mi hermana

-Ernesto, dijo.

-Y de dónde eres- prosiguió.

-Soy de  Sagua la chica

-Luly, si parece un niño, puede ser hasta mi hijo- dije con el teléfono en altavoz.

-¿Qué edad tú tienes?

-23 años

-Mi hermano y ¿qué es lo que tú defiendes?

-¿Yo?, la Revolución

-¿La Revolución? ¿Esta que persigue personas y no les permite que se puedan mover?

-Son órdenes Antunez y mira me estoy mojando por culpa de ustedes- dijo el joven.

-Sin embargo los que te mandan están en sus cómodas oficinas o en su casa bajo el calor de su esposa- le dije.

Deja que Yris lo vea, le dije a Duniel, cuando subimos las escaleras del hospital y en efecto apenas llegó Yris lo puso como un zapato delante de todos.

De regreso Yris, Duniel y yo nos montamos en un coche de caballos para supuestamente regresar a casa. ¿Qué haría este oficial? De su chispa dependía ahora su suerte y esta le faltó. Apenas el coche salió él lo hizo detrás, pero corriendo. Aquello parecía más dibujo animado que otra cosa y como nadie es más rápido que un caballo y menos debajo de un aguacero, llegó nuestro momento y en una de las esquinas grité ¡Ahora! Cuando habíamos caminado más de una veintena de kilómetros el cielo comenzó a nublarse y una fina lluvia a empapar nuestras ropas y pegarlas al cuerpo. Afortunadamente, un nylon nos sirvió para proteger nuestros teléfonos, el poco dinero que traíamos, los cigarros, estos últimos eran en balde porque fósforos y fosforeras eran ya inservibles por la humedad. Pensé en un vaso de agua fría o de refresco, era la intensa sed y el hambre que nos atacaba recordando que habíamos olvidado el rico y grasoso congris que mi esposa había elaborado y los muslos de pollo que quedaron en la sarten.

Más de dos horas en una rústica y abandonada parada me repusieron del cansancio y el sueño, pero no de las ampollas y dolores en las piernas y menos aún de una plaga de mosquitos que se encargaban de chuparnos la sangre. Duniel sólo tiene 24 años, a mí me faltaba menos de una semana para cumplir 47. Al fin unos refrescos y pan con croquetas en un lugar, cargaron nuestras energías. Más de una hora montados en una guagua donde tuvimos que viajar de pie pues no encontramos asientos nos recordaron la comodidad del cálido hogar. Luego de la parada caminamos otros cinco kilómetros antes de tomar otro medio de transporte a la capital y entonces envié un mensaje a mi esposa, “Como están las cosas”, lo que equivalía a informarle que íbamos rumbo a la capital, casi no sentimos el viaje, pero cada vez que el ómnibus se detenía pensábamos que era para arrestarnos.

Ya en la Habana el otro mensaje, “Dime espero que todo esté bien”. Ya si nos arrestaban Yris sabría que había sido en La Habana. Ahora viene el momento decisivo, llegar a casa de Sara Marta, cuando después de varias vicisitudes avisé a Yris que estaba cerca de su casa con el último de los mensajes que decía cogimos una Yuton.

La esquina de Sara Marta afortunadamente estaba sin sitio, íbamos cojeando, pero aún así nos mandamos a correr, cuando llamamos: “¡Julio, Julio!”, no sentimos respuesta, pero nos volvió  el alma del cuerpo cuando desde la casa de al lado su hermano nos dijo: Ellos no están, la casa estaba cerrada y nadie dentro. En un santiamén y después de recordar las palabras de Julio: “Cuando no estemos, salta sin problemas la cerca y nos esperas en el patio”, eso hicimos. Tremenda pena cuando, ya en el patio, su hermano que nada tiene que ver con la oposición me dice:

-¡Oye! ¿cómo si yo les dije que él no estaba ustedes entraron al patio?

-Disculpe señor, pero si lo hice es porque desde el primer día que aquí vine, él me autorizó a hacerlo.

Un rato después llegaron los hijos de Sara Marta y luego fueron llegando otros opositores. Habíamos cumplido nuestro propósito burlando el cerco, ahí estábamos gracias a Dios y a ese sentimiento de solidaridad y sacrificio que caracteriza a la resistencia interna, esa misma resistencia que ciertas políticas pretenden privar de sus recursos.

Y ahora pensaba en cuál habría sido la reacción del joven oficial cuando sólo vio a Yris saltar del coche al llegar a casa y no a nosotros, ¿Qué le habrían dicho sus superiores? Por razones obvias omito en este escrito el trayecto recorrido y otros detalles para no quemar mis alternativas de continuar rompiendo cercos y emboscadas.

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Publicado por

antunezcuba

Soy un defensor de los derechos humanos en Cuba, un opositor político y luchador anticastrista que pasé 17 años y 38 días en ininterrumpida prisión política por expresar mis deseos de cambio para mi país. Este Blog desdeplacetas nace de la imperiosa necesidad de no solo exclamar consignas y cantos de guerra sino tambien de contar mis experiencias, vivencias y puntos de vistas, y que ademas sepan que no solo me gusta organizar protestas y mítines políticos o declararme en huelgas de hambre o enfrentar a la represiva sino tambien pensar y exponer mis puntos de vistas y argumentos no solo en cuestiones de lucha sino en otros tópicos tambien importantes en la vida.Aunque mi lema de lucha NI ME CALLO NI ME VOY se mantiene y mantendrá incólume, tambien quiero se conozca al Antúnez como ser humano,él que tambien sueña y constribuye desde su modesta posición tanto al cambio como a la búsqueda de un futuro mejor en un sistema libre y democrático, es decir en el mejoramiento humano del que hablaba nuestro apóstol José Marti.

Un comentario sobre “La última escapada”

  1. bravo antunez, yo te apoyo, ponte un enlace, o algo en el internet para contribuir a tu causa, hay mucho aca que quieren hacerlo pero no sabemos
    como, ya bien sea dinero, ropa, lo que sea, Antunez de admiro mucho, carajo!

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